Existen muchas profesiones en este mundo, y ser psicólogo esa una hermosa actividad que engloba el servicio y el humanismo en una simple dirección: Contribuir al desarrollo y bienestar del ser humano. Cada encuentro en la consulta representa una oportunidad para acoger y escuchar sin juzgar, comprender al otro con empatía, ser un espejo que permita al otro mirarse y reconocerse; y sobre todo, ser un soporte emocional que ayude al otro a sobrellevar emociones intensas, y a veces duras de soportar.
La alegría de ser psicólogo es simple. Consiste en presenciar pequeños y grandes cambios en una persona. En ver nacer en el otro la esperanza de volver a intentar recuperar vínculos rotos. En permitir que relaciones afectivas fragmentadas puedan repararse. En mirar como alguien que ha perdido el sentido de la vida, pueda encontrar razones por la cual encauzar su existir.
Ser psicólogo nace de la profunda convicción en la capacidad humana de cambiar, sanar, crecer y desarrollarse. Además que es un profesión fuertemente ética, dado que orientamos e influimos positivamente en el otro, para mejorar su vida. Ver como nuestros pacientes crecen y salen adelante, convierte nuestra profesión en una permanente fuente de satisfacción y sentido profesional, que incluso tiñe nuestra propia plenitud personal.



